Vivimos consternados en una realidad que ni nosotros mismos hemos creado. Un mundo onírico, que a veces lleno de pesadillas, puede parecer más un reflejo que nuestra propia realidad. Todos tendemos a seguir unos preceptos, sin preguntarnos, si es hora de cambiar eso que vemos, eso que sentimos, eso que hacemos y porque no decir, eso que respiramos.
Un reflejo es la manifestación de la aparente realidad de un sujeto u objeto en un espacio determinado. Cuando nos miramos al espejo, vemos lo que nuestra visión es incapaz de observar si no fuera por el material que nos proyecta las imágenes de nuestro propio ser. Aunque esa realidad puede estar distorsionada, como es el caso de una proyección en un espejo cóncavo. Es en esta deformación donde la realidad se vuelve más figurativa y se empieza a re-presentar lo que nos han incidido desde pequeños.
En nuestra sociedad, se proyectan imágenes, creencias, convenciones sociales que muchas veces son incuestionables y tienen el carácter de ser legítimas. Parece no haber escapatoria y tendemos al conformismo con el tedio y la apatía de por medio. Aunque un reflejo, en la física, es el equivalente a una respuesta involuntaria que realizamos ante un estímulo específico, como cuando tocamos una olla hirviendo y nuestro subconsciente es capaz de quitar la mano antes que nuestra propia decisión racional.